PUBLICACIONES


Miguel Cortés Arrese
Nostalgia del porvenir. Navegando hacia Bizancio con El Greco de Toledo
Biblioteca Nueva
ISBN 978-84-16345-95-3
Madrid, 2015 – 194 pp. y 21 ilustraciones

El libro analiza la última y profunda transformación artística que llevó a cabo El Greco durante su estancia en Toledo, donde vivió 37 años, hasta su muerte en abril de 1614. Estudia las razones y el proceso que le llevó a recuperar estructuras formales, iconografía y tratamiento del color de sus años de formación cretense como pintor de iconos. Obras tan significativas como El Expolio, El Entierro del Señor de Orgaz o el Apostolado del Museo del Greco jalonan esta trayectoria, que culmina con los encargos del Hospital de Tavera. El libro está dedicado a la memoria de nuestro compañero de Departamento, Fernando Llamazares Rodríguez.




Miguel Cortés Arrese (editor)
Vaivenes de un patrimonio. Arte y memoria en Castilla-La Mancha
Biblioteca Añil, nº 61
ISBN 978-84-942952-6-3
Toledo, 2015 – 248 pp. y 28 ilustraciones

Paisajes, sonidos, edificios y objetos, nos proporcionan una sensación de continuidad en el tiempo, refuerzan nuestra identidad. El palacio de Fuensalida, estudiado por Miguel Cortés Arrese la azulejería talaverana, por Fernando González Moreno la escultura funeraria gótica de Ciudad Real, por Sonia Morales Cano los monasterios de San Juan de los Reyes y Óvila, por Silvia García Alcázar o el románico de Guadalajara afectado por la despoblación, por José Arturo Salgado Pantoja, son testimonios sobresalientes de la fragilidad del patrimonio de Castilla-La Mancha, de la necesidad de su custodia, del papel que ha venido jugando en la construcción de nuestra memoria.

 
Resumen de las intervenciones de los autores en la presentación del libro


MIGUEL CORTÉS ARRESE
La travesía artística del palacio de Fuensalida

Sr. Director de la Biblioteca Pública de Ciudad Real, compañeros de mesa, amigas y amigos, buenas tardes a todos.
 
Quiero agradecerles a todos ustedes la deferencia que han tenido al acompañarnos en este acto, cuando la tarde otoñal ciudadrealeña quizás ofrecía posibilidades más seductoras. Agradecimiento que he de ampliar a la institución que hoy nos acoge y que viene desarrollando una labor tan meritoria como reconocida por sus usuarios. No puedo dejar de mencionar aquí al director de la editorial Almud, don Alfonso González-Calero, que ha tenido la gentileza de incluir nuestro libro en la Colección Añil. La constancia y buen hacer de la que viene haciendo gala, en compañía de don Isidro Sánchez y don José Rivero, son dignos de admiración. Sin olvidar al diseñador de la cubierta, don Juan José Pastor, que hoy también nos acompaña. Las cubiertas, ya lo saben, permiten individualizar el libro entre una maraña de novedades.
 
El origen del libro está en un Seminario celebrado en la Facultad de Letras de la UCLM, en su Salón de Grados, los días 14 al 16 de abril del presente 2015; Seminario que tuvo una muy notable aceptación y que llevaba por título: Memoria de un patrimonio. La satisfacción de los alumnos inscritos y la petición de algunos para que se publicasen las ponencias, nos llevó a reunirlas en un libro, el que presentamos hoy.
 
Se han estudiado obras en torno a las cuales han sucedido algunos de los acontecimientos más relevantes de la vida de muchos de nuestros conciudadanos. Son signos de identidad y por este motivo hay que impulsar su cuidado. Estamos obligados a ello porque, como dijo Stefan Zweig en su maravilloso El mundo de ayer: “Sólo aquel que a nada está ligado a nada debe reverencia”.
 
Paisajes, sonidos, edificios y objetos dan consistencia a nuestra memoria personal y colectiva, refuerzan nuestra identidad, nos ilustran sobre el camino recorrido por una familia, un pueblo, una ciudad, una región y un país. Así cabe entender el papel jugado por el yacimiento de Alarcos o los castillos de Calatrava en el imaginario de los habitantes de Ciudad Real.
 
El patrimonio nos proporciona una sensación de continuidad en el tiempo; aunque se trata de una herencia sujeta a variaciones, a vaivenes:
 
-Los cambios en las normas de protección del patrimonio y en su interpretación, que ha llevado, en ocasiones, a resoluciones dispares.
 
-El cambio de titularidad de las obras, de la sucesión de propietarios, con mentalidades distintas que, puede llevar a un cierto desinterés por su custodia. Sixto S. Parro, ya en el siglo XIX, instaba al duque de Frías a que hiciese frente al deterioro del palacio de Fuensalida de Toledo.
 
-El cambio de uso de edificios señeros de nuestro patrimonio, que puede llegar a hacerlos irreconocibles. ¿Qué hubiera proclamado el conde de Fuensalida, que construyó un magnífico palacio frente a la Judería sobre la función que el destino le asignó? Si se despertase en el siglo XIX y viese al palacio transformado en corrala de vecinos, almacén de materiales de construcción, cuartel de las milicias provinciales; y ya en el siglo XX, en galería de exposiciones.
 
Hasta que a fines del siglo pasado, se convirtió en la sede de la Presidencia de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, sacando a la luz la restauración de 2010, su extraordinaria valía artística, pues se trata de uno de los palacios mudéjares más importantes del arte español. Así también, se garantizó su futuro.


FERNANDO GONZÁLEZ MORENO
La fragilidad del patrimonio: azulejería talaverana en Castilla-La Mancha

El propósito de textos como el que aquí se presenta bajo el título “La fragilidad del patrimonio: azulejería talaverana en Castilla-La Mancha” no es el de realizar un mero acto de ensimismamiento romántico o de melancólica evocación de un tiempo que fue, sino el de recordar una vez más la necesidad de velar de manera constante por la adecuada conservación de nuestro patrimonio más cercano.
 
La cerámica, y en el caso concreto que nos ocupa la azulejería, es uno de nuestros patrimonios más frágiles no sólo por su propia naturaleza, quebradiza, sino también porque aún pesa sobre ella una antigua e injusta consideración como “arte menor”; como un elemento secundario del que se puede prescindir o que se puede sustituir con absoluta impunidad. La azulejería, aunque legalmente es reconocida como una parte consustancial del bien inmueble que le sirve como soporte, es objeto de todo tipo de incontroladas actuaciones que conducen, cuando no a su completa destrucción o desaparición, a procesos de alteración que modifican su sentido originario. Esta situación se manifiesta muy especialmente cuando nos enfrentamos a grandes retablos fingidos sobre azulejos, una de las más peculiares producciones de la azulejería talaverana. Muchos de ellos, por desgracia, nos han llegado completamente alterados, mostrándose como estructuras descabaladas con programas iconográficos ininteligibles.
 
A lo largo del capítulo hacemos un repaso a algunas de las más significativas situaciones a las que ha tenido que hacer frente la azulejería talaverana en Castilla-La Mancha. En primer lugar, episodios bélicos como la Guerra de Independencia o la Guerra Civil; durante la primera contienda se produjo la pérdida de algunos paneles y la alteración de los arrimaderos de la talaverana Basílica del Prado, mientras que el impacto de la segunda resultó devastador para complejos de azulejería como el del Salón de Linajes del Palacio del Infantado de Guadalajara, del que ahora pretendemos dar una imagen lo más cercana posible rastreando sus restos en diferentes colecciones y museos. También la azulejería de la Parroquia de Maqueda (Toledo) se vio afectada por este conflicto, perdiéndose –o expoliándose– uno de sus retablos y alterándose el otro.
 
Se ha abordado también el estudio de algunos procesos de salvaguarda que, aunque bienintencionados en un principio, terminaron resultando dañinos por su naturaleza incontrolada y falta de cualquier profesionalidad. Durante la Guerra Civil, en iglesias como la de Piedraescrita (Toledo), se pusieron en marcha acciones para ocultar y proteger la azulejería religiosa sin prever su posterior recolocación, lo que supone que hoy en día nos enfrentemos a conjuntos de azulejería dispuestos sin orden ni concierto, además de con notables lagunas por la rotura de un innumerable número de azulejos arrancados sin técnica alguna. Quizás una situación parecida es la que vivieron los retablos fingidos sobre azulejos de la Ermita de la Virgen de Gracia de Velada (Toledo), de cuya estructura arquitectónica original ahora ofrecemos una lógica reconstrucción.
 
Sin duda alguna, donde mejor podemos observar las diferentes calamidades a las que ha tenido que ir haciendo frente la azulejería talaverana es en la emblemática Basílica del Prado, la cual, y pese a todo, aglutina uno de los más significativos conjuntos cerámicos. Sus retablos, arrimaderos y paneles han sido objeto de numerosos traslados, alteraciones, modificaciones y restauraciones-sustituciones, dando lugar a situaciones tremendamente peregrinas. Así, por ejemplo, la Genealogía de Cristo que se ubica en el pórtico occidental no sólo no sigue el orden correcto de los antepasados de Cristo, sino que incluso inventa algunos de sus nombres. Y en el interior, el conocido en la actualidad como retablo de San Antón no es sino la unión y reconversión de dos diferentes retablos: uno procedente de la ermita hospitalaria de San Antón dedicado a la Pasión de Cristo cuyas escenas aparecen disgregadas por todo el templo, y otro originario de la parroquia de San Clemente con la presencia de la Imposición de la casulla a San Ildefonso.
 
Sirva en cualquier caso este estudio para concienciar a quien quiera leerlo sobre la necesidad de velar por esta parte de nuestro patrimonio, cuya singularidad ha permitido que sea reconocido por el Gobierno de Castilla-La Mancha como Bien de Interés Cultural en calidad de patrimonio inmaterial. Sólo esperamos y deseamos que la dejadez que ha caracterizado hasta ahora su conservación no acabe provocando que nuestra azulejería antigua termine por convertirse en eso, en algo inmaterial, en un recuerdo.
 
 
SONIA MORALES CANO
Vicisitudes de la escultura funeraria gótica ciudadrealeña

Las razones por las que los personajes de alta alcurnia no reparaban en gastos a la hora de encargar sus monumentos funerarios en catedrales, conventos e iglesias en los siglos del Gótico se pueden resumir en tres: beneficiarse de las misas y rezos que allí tuvieran lugar, a fin de reconfortar su alma a la espera del Juicio Final, marcar el emplazamiento exacto al que debían acudir los familiares a rezar y llevar ofrendas y, por último, perpetuar el reconocimiento social alcanzado en vida para asegurar la fama póstuma. Para conseguir este último objetivo, no bastaba con que la sepultura fuera espléndida y su ubicación privilegiada; eran necesarios algunos recursos que ayudaran a identificar al difunto como las inscripciones, la heráldica y las estatuas yacentes que, en ocasiones, constituían verdaderos retratos. 
 
Lo que ocurre es que este patrimonio, con pretensiones eternas, ha sido uno de los más castigados por motivos de diversa índole que han llevado a su destrucción parcial, dispersión e incluso desaparición: la animadversión hacia estas obras en determinadas épocas, las desamortizaciones, los conflictos bélicos de la Edad Contemporánea o la necesidad de nuevos espacios urbanos, que ha motivado la desaparición o transformación de los lugares que las albergaban, son algunos de ellos. 
 
Buena parte de estas circunstancias afectaron gravemente a la actual provincia de Ciudad Real donde la escultura funeraria gótica que ha sobrevivido es muy escasa. Pese a todo, existe documentación gráfica y escrita que atestigua su existencia, su variedad tipológica y la grandeza que llegaron a adquirir sepulcros considerados de primer nivel, dentro del panorama nacional, como el desaparecido sepulcro del maestre calatravo don Pedro Girón que albergó la iglesia conventual de Calatrava la Nueva. Todas estas obras son objeto de estudio en este trabajo; también lo son un grupo de estelas que, después de algunos avatares, fueron depositadas en el Museo Provincial de Ciudad Real, otras que han sido reutilizadas como material constructivo en ciertos recintos sagrados y algunos hallazgos recientes que vienen a ofrecer, por primera vez, una catalogación actualizada y de conjunto del arte funerario en este territorio.
 
A partir de esa catalogación y el refuerzo de documentos tales como los testamentos o cartas de fundación de capellanías es posible establecer una jerarquización de los lugares de enterramiento, comprender los criterios que guiaron a sus promotores en esta parcela artística y analizar la evolución de la escultura funeraria durante los siglos del Gótico en función de la ideología y los valores de la sociedad. Al mismo tiempo, se puede constatar que existieron y aún existen laudas, sepulcros y panteones, de excepcional factura y algunas fórmulas iconográficas innovadoras, atribuidos a los mejores artistas del momento, activos en focos tan importantes como Toledo o Sigüenza.
 
Se ha de considerar, por todo lo expuesto, que la escultura funeraria gótica de Ciudad Real, al margen de su funcionalidad y su indudable calidad artística, es una fuente de conocimiento inagotable e imprescindible que ha de ponerse en valor. Sus formas, iconografía, inscripciones, escudos heráldicos y ubicación, sirven para entender mejor la sociedad y la forma de pensar de una época tan esplendorosa como la Baja Edad Media, así como para reconstruir nuestra memoria.
 
 
SILVIA GARCÍA ALCÁZAR
Monasterios y restauración monumental en Castilla-La Mancha

El capítulo con el que he participado en Vaivenes de un patrimonio. Arte y memoria en Castilla-La Mancha lleva por título “Monasterios y restauración monumental en Castilla-La Mancha” y a través del mismo se analiza la situación de conservación por la que han pasado algunos conjuntos monacales de nuestra región. 
 
Castilla-La Mancha ha sido un territorio históricamente vinculado a numerosas órdenes monásticas y militares que, con el paso de los siglos, han ido atesorando un destacado legado de indudable valor que a día de hoy forma una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural. Pero, a pesar de la importancia de esa herencia, la conservación de algunos conjuntos monumentales ha sido muy heterogénea.
 
Nos encontramos, por tanto, con dos situaciones diferentes: por un lado, existen monasterios que se han conservado en buenísimas condiciones gracias a procesos de restauración que han permitido que aquellos lugares sigan manteniendo su uso eclesiástico, además de haber sumado un nuevo uso: el turístico; y, por otro lado, también es habitual encontrarnos con situaciones totalmente opuestas donde la dejadez y la desidia humanas han prevalecido hasta generar la pérdida o destrucción (a veces casi total) de estos monumentos. 
 
Como el lector imaginará, es a todas luces imposible abordar el caso de todos los monasterios castellanomanchegos en un único capítulo de libro por lo que para tratar el tema decidí escoger dos ejemplos paradigmáticos que mostraran bien esa dualidad.
 
La visión positiva la encarna el Monasterio franciscano de San Juan de los Reyes en Toledo, ejemplo de como un lugar que pudo haber desaparecido debido a diversos hechos históricos se mantiene hasta nuestros días gracias a los procesos de restauración, especialmente desarrollados durante los siglos XIX y XX. Su iglesia y su claustro sufrieron importantes daños durante la Guerra de la Independencia sumiendo el conjunto en la ruina. A pesar de su mal estado de conservación, el recinto siguió estando muy presente en el imaginario colectivo de la ciudad, evitando que fuera olvidado con el paso del tiempo manteniendo de ese modo su memoria viva. Buen ejemplo de ello fueron los escritos de literatos tan insignes como Gustavo Adolfo Bécquer, dedicados al edificio y, más concretamente, a la exaltación de la belleza de sus ruinas que para él evocaban el más perfecto de los escenarios donde imaginar aventuras de caballeros y princesas. El interés continuo en el monasterio hizo que finalmente pudiera ser restaurado y reconstruido en parte para volver al esplendor original.
 
La cruz de esta realidad se muestra en uno de los episodios más flagrantes de nuestra historia patrimonial: la compra y traslado del Monasterio de Óvila, procedente de Trillo (Guadalajara). Óvila nos ejemplifica la desaparición del patrimonio a través de un episodio diferente y singular ya que no fueron las guerras o las desamortizaciones las que generaron la pérdida directa del sitio sino una mera transacción comercial. Aunque la Desamortización de Mendizabal generó grandes daños al conjunto y propició la dispersión de su patrimonio, fue la compra de parte de la estructura realizada por el magnate estadounidense de la comunicación William Ramdolph Hearst la que ocasionó la muerte definitiva del monumento. Fue trasladado por partes a EE.UU. con el fin de ser utilizado en la mansión que Hearst pensaba construirse en California, algo que nunca llegó a materializarse y que generó la penosa situación de que el monasterio pasara años abandonado en un parque de San Francisco con los numerosos daños ambientales y humanos que ello conlleva. La compra de patrimonio arquitectónico se encontraba a la orden del día a principios del siglo XX de manera que podremos constatar como el caso de Óvila no fue ni mucho menos aislado pero no por ello menos triste. En este caso, ni siquiera hubo oportunidad de restaurar y conservar esta joya cisterciense.
 
Así, San Juan de los Reyes y Óvila testimonian de manera certera dos formas totalmente antagónicas de abordar la conservación de los monasterios de Castilla-La Mancha. Ambos lugares nos muestran los daños que experimentan los monumentos y como, en algunos casos, esos daños pueden llegar absolutamente irreparables. Finalmente, el texto pretende invitar al lector a llevar a cabo una reflexión sobre la importancia de la cultura, de nuestro legado como muestra de identidad propia, así como sobre las posibles causas que llevan a interesarse por la conservación de unos lugares en perjuicio de otros.


JOSÉ ARTURO SALGADO PANTOJA
Románico y despoblación en la Alcarria de Guadalajara

Mi primera visita a un pueblo deshabitado se remonta a 1990, y pese a que la memoria de lo que sucedió a los cinco años de edad suele ser bastante frágil, todavía recuerdo que me acompañaban mis padres, mi hermana y mi abuelo. Junto a ellos recorrí a pie el lastimoso y polvoriento camino que conducía desde Durón, el pueblo alcarreño familiar, hasta Valdelagua, el despoblado alcarreño donde contraje una vieja herida infantil. Valdelagua era como un cementerio donde reposaba la historia, el paisaje, las vivencias y la cultura de un pueblo. Recuerdo la escuela y las fábulas de Samaniego enmohecidas, una astillada bolera castellana, un rollo jurisdiccional desmoronado y la agonizante casona de la tía Paula. Recuerdo también cómo las cuestas empinadas parecían más amables gracias a las estampas costumbristas que relataban mis mayores. Que si tal vivienda, que si la chopera, que si la fuente, que si aquella persona… Y entre esos jirones inconexos, la truculenta historia de una chica que quemó su rostro con aceite hirviendo debido a los constantes engaños de su esposo.
 
Mientras imaginaba cómo sería aquella terrorífica faz desfigurada, me encontré de frente con la estructura de la iglesia. Sus muros estaban agrietados, el tejado semihundido y la maleza comenzaba a reconquistar su territorio perdido. La puerta de madera había sido forzada, y tras ella aguardaba un espectáculo devastador: las obras de cierto valor habían sido robadas, el mobiliario más humilde destrozado y las tumbas estaban profanadas. Los huesos de los pobres lugareños, quien sabe si también los de la tía Paula o la joven desdichada, habían sido esparcidos por el suelo en una especie de ritual macabro. Y entre asustado y rabioso, pregunté a mis padres que por qué la gente hacía esas cosas.
 
A lo largo de los siguientes quince años regresé a Valdelagua en varias ocasiones, y pude contemplar la rápida degradación del caserío. Durante ese periodo se hundió el tejado y se combaron los muros del templo, y los cazatesoros dieron buena cuenta de lo poco que quedaba en su interior. De forma paralela, el paso del tiempo fue transformando mi inútil rabia infantil en una actitud más madura y constructiva, así que con 18 años y la carrera universitaria recién iniciada, decidí indagar por mi cuenta sobre la historia de aquel y otros despoblados guadalajareños. Tras un invierno de intensa labor bibliográfica, llegó un verano de pistas forestales, fotografías tomadas con mi primera cámara digital y cuadernos repletos de prosa telegráfica, en ocasiones casi jeroglífica.
 
Ese fue el primero de muchos veranos de trabajo de campo, intercalados con Semanas Santas y otras fiestas de guardar. Durante ese tiempo recorrí uno por uno aquellos pueblos desiertos con el fin de ampliar mis conocimientos, emborronando libretas, gastando baterías y desplegando no pocos mapas topográficos. Fueron años de descubrimientos maravillosos y conversaciones enriquecedoras, aunque no faltó algún que otro traspié entre las ruinas y varios episodios cargados de una emotividad incontrolable. Pero todas estas andanzas fueron efectuadas por mero placer, y nunca con un fin divulgativo y mucho menos científico. Quizá por eso, desde que inicié mi andadura profesional en la Historia del Arte, nunca consideré que aquel ingente material archivado pudiese ser el punto de partida de una investigación. Una vez más, la vida me ha demostrado que me equivocaba.
 
El capítulo con el que contribuyo a esta obra colectiva se titula “Románico y despoblación en la Alcarria de Guadalajara”, y sin dejar de ser un estudio en el que he procurado que prime el rigor histórico y el análisis preciso de las obras, es el trabajo más personal y entrañable que he realizado en mi vida. Les animo a conocer Aranz, Villar del Gato, La Golosa, Retuerta o Villaescusa de Palositos. Les emplazo igualmente a que paseen por las decenas de lugares que traigo a colación en el texto, y a que conozcan y disfruten de los vestigios románicos que aún se esconden entre sus ruinas o tras sus evocadores topónimos de origen medieval.
 

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